jueves, junio 30, 2011

Agresividad de 3 a 6 años: por qué ocurre y cómo solucionarla.

Estás mirando a tu pequeño por la ventana del jardín de infancia, pensando en la suerte que tienes. De pronto, tu hijo estira su manita y pega a otro niño en plena cara. ¿Cuál es tu reacción?


Por mucho que te moleste, la agresión es una parte normal del desarrollo de un niño. Muchos niños de esta edad agarran juguetes de sus compañeros de clase, pegan, dan patadas o gritan hasta ponerse morados de vez en cuando. A veces el motivo es que tienen miedo: es posible que tu hijo pegue a otros si se siente acorralado por otro niño.

Otros motivos pueden estar relacionados con la frustración. Después de todo, tu hijo está aprendiendo muchas habilidades nuevas, desde utilizar tijeras hasta articular frases complejas. Puede frustrarse mucho con todo lo que intenta aprender, y terminar por agredir a un amiguito. Si asiste al jardín de infancia por primera vez, también se está acostumbrando a estar fuera de casa. Si se siente resentido o dejado de lado, es posible que reaccione empujando a cualquier niño que se ponga en su camino.

A veces, tu pequeño simplemente está cansado y hambriento. No sabe bien cómo reaccionar, así que responde mordiendo, pegando o con un berrinche.


Tu hijo a la larga dejará de mostrar ese tipo de comportamiento agresivo, según va aprendiendo a usar las palabras en lugar de los puños y los pies para resolver los problemas. La clave es ayudarlo a darse cuenta — más bien pronto que tarde — de que obtendrá mejores resultados hablando que tirando del cabello a un amigo.

Cómo abordar una agresión

Reacciona rápidamente.

Es mejor dejarle saber instantáneamente cuándo ha hecho algo mal. Llévatelo del lugar donde ha ocurrido la agresión para que pueda pensar; para un niño en edad preescolar, tres o cuatro minutos separado de los demás es suficiente. La idea es que relacione su comportamiento con la consecuencia y que sepa que si muerde o da patadas se perderá la diversión. No importa cuán enojada estés con él, procura no gritar, pegarle ni decirle que es malo. En lugar de conseguir que cambie su comportamiento, esto sólo le enseñará que la agresión física y verbal es algo aceptable cuando está enojado. En lugar de eso, establece un buen ejemplo, controlando tu propio genio y sacándolo calmadamente de la situación.

Sigue tu plan.

Siempre que te sea posible, responde al comportamiento agresivo de la misma manera. Cuanto más predecible seas (“bueno, has empujado de nuevo a María; eso significa otro rato solito para pensar”), antes establecerás un patrón que tu hijo reconocerá. Eventualmente, se dará cuenta de que si no se porta bien, no podrá disfrutar de las cosas divertidas; éste es el primer paso para empezar a controlar su propio comportamiento.

Habla de lo sucedido.

Deja que tu hijo se calme y luego comenta lo que ha pasado. El mejor momento para hacer esto es después de que se haya calmado, pero antes de que olvide lo que pasó: la idea sería entre 30 minutos y una hora después. Pregúntale si puede explicar lo que desencadenó su reacción (“Juan, ¿por qué crees que te enojaste tanto con María?”). Explícale que es natural enojarse a veces, pero que no está bien empujar, pegar, patear o morder. Sugiere otras formas de expresar lo enojado que está: patear una pelota, pegarle a una almohada, pedir la ayuda de un adulto o hablar de sus sentimientos: “María, estoy muy enojado porque me quitaste el carro”.

Ahora también es buen momento de enseñarle a alejarse de situaciones y personas que lo hagan enfurecer, hasta que sea capaz de pensar en una forma de reacción más aconsejable que los puños. Puedes ayudarle a controlar sus enojos, leyendo juntos cuentos sobre el tema.

Aumenta su sentido de la responsabilidad.

Si la agresión de tu hijo daña la propiedad de alguien o causa un estropicio, debería ayudar a arreglarlo. Puede ayudar a arreglar un juguete roto, por ejemplo, o a recoger las galletas rotas del piso o los bloques de construcción que tiró en un momento de enojo. No lo hagas como un castigo, sino como la consecuencia natural de un acto agresivo; algo que cualquiera tendría que hacer si rompiera algo.

Asegúrate también de que tu hijo en edad preescolar comprenda que necesita pedir disculpas, incluso aunque tengas que llevarlo de la mano hasta la persona que ofendió y decirlo por él. Sus disculpas pueden parecerte poco sinceras al principio, pero a la larga aprenderá la lección.

Premia su buen comportamiento.

En lugar de prestar atención a tu hijo sólo cuando se porta mal, procura también hacerlo cuando se porta bien: cuando pide su turno en la computadora en lugar de quitarte el ratón, por ejemplo, o cuando le presta el columpio a otro niño que ha estado esperando. Dile lo orgullosa que estás de él y sé específica cuando lo alabes (“Fuiste muy amable permitiendo que Juan jugara primero en el columpio”). Si es necesario, pon un calendario especial en el frigorífico o en la pared de su dormitorio, y recompénsalo con una pegatina cuando logre mantener la calma.

Limita el tiempo que pasa viendo televisión.

Los dibujos animados aparentemente inocentes y otros programas de televisión están a menudo llenos de gritos, amenazas y violencia. Así que procura vigilar los programas que ve tu hijo, viéndolos con él, sobre todo si tiene tendencia a la agresión. Si pasa algo que no apruebas en uno de los programas que ve, háblale de ello: “¿Viste cómo esa niña empujó a su amiga para obtener lo que quería? Eso no estuvo bien, ¿verdad?”. Los juegos de computadora también pueden contener temas agresivos, así que si tiene hermanos mayores, intenta que no esté expuesto a sus juegos.

No temas pedir ayuda.

Algunos niños tienen más problemas con la agresión que otros. Si el comportamiento agresivo de tu hijo es frecuente y grave, interfiere con la escuela o con otras actividades organizadas, y tiene como resultado que ataque físicamente a otros niños o adultos, habla con la enfermera o el médico. Juntos pueden tratar de llegar al fondo del problema y ver si hace falta la intervención de un psicólogo o psiquiatra. A veces hay un problema de aprendizaje o de conducta detrás de la frustración y el enojo; otras, el problema está relacionado con problemas familiares o emocionales. Es muy poco probable que necesites ayuda profesional, pero si tu hijo necesita ayuda, es un alivio saber que no tienes que resolver el problema tú sola.

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