jueves, junio 11, 2009

Cómo convivir con un mitómano.


Si un familiar, amigo, vecino o compañero inventa desde cosas insignificantes hasta serias y graves, no le lleve la idea ni se burle.

Luis Guillermo, un empleado bogotano de 35 años, separado y con dos hijos, podría ser uno de los hombres más afortunados del país. En tres ocasiones ha regado en su oficina la noticia de que se ha ganado la lotería. Lo extraño, según sus compañeros, es que sigue con deudas y le cortan el teléfono por falta de pago.

Aun así, dice un amigo suyo, cuentaque se va a comprar una moto para salir con las "nenas" que lo persiguen. Y hace cinco años los convenció de que se había comprado un apartamento en el norte, pero no se ha trasteado porque lo sigue remodelando.

Seguramente usted conoce más de un caso de personas como Luis Guillermo, que inventan cuentos maravillosos y hablan de lo exitosos que son, pero que a la hora de la verdad no pasan de ser más que apariencias. El psiquiatra Daniel Gutiérrez explica que "todo mitómano siempre quiere mejorar su autoimagen, es narcisista por naturaleza y miente porque en el fondo tienen un problema serio de autoestima".

Aterrizarlos en la realidad.

Y mientras desde la muralla la situación es un tanto jocosa, para quienes conviven con un mitómano puede tornarse insoportable, pues muchas personas no saben si seguirles la cuerda y acompañarlos en su ¿locura? o tratar de hacerlos entrar en razón.

Esa es la historia que cuenta Alexander Castellanos y uno de sus amigos más allegados: " "Juancho mentiras" le decíamos en la universidad. Él creaba historias en las que él resultaba ser superhéroe"."Nos tenía convencidos de que había sido el mejor Icfes del país. Un día faltó a clases y nos enteramos de que el mejor bachiller había muerto en un accidente automovilístico. Todos nos preocupamos. Dos días más tarde volvió a clases. Cuando lo enfrentamos nos dijo que los noticieros se habían equivocado y que realmente quien había fallecido era el segundo mejor Icfes del país. Todos le alimentábamos sus mentiras, para ver qué tan lejos llegaría", recuerda. Esa no es la salida, dice Gutiérrez. "Hay que llevarlo a un principio de realidad en el que se dé cuenta de que no puede fantasear, porque el choque con la verdad es duro. Por encima de cualquier cosa, no se le debe seguir la cuerda".

Lastimosamente, esa suele ser la posición más frecuente de amigos o conocidos. Humberto Rubio, por ejemplo, tiene un compañero de trabajo mitómano y le lleva la idea. "El otro día dijo que se había ganado la lotería y que iba a poner un negocio de comidas. Me pidió que lo acompañara a ver locales y fui con él, aun sabiendo que era mentira. La verdad, no le veo problema a seguirle la corriente, aunque a veces me ha convencido de que habla en serio", afirma.

Trastornos de personalidad.

Esto forma parte de las características de los mitómanos, dice Gutiérrez, pues "son manipuladores, convencen y suenan creíbles. En el fondo sufren de frustración, son egoístas y narcisos, no tienen control de sus impulsos y pueden presentar adicciones (sexo, juego, drogas). En casos severos, "pueden tener problemas legales, de suicidio y rompimientos familiares (separación, divorcio de su pareja, aislamiento de sus hijos) debido al sentimiento de fracaso", dice Gutiérrez."A veces tienen rasgos considerados trastornos de personalidad, que los llevan a meterse en otros problemas. Tienen conductas un poco extremas o de riesgo, o pueden incluso ser ladrones", afirma la psiquiatra Vicky Carrascal.

Por lo general, este problema comienza en la infancia y se denota con inseguridad frente a los compañeros del colegio. Las mentiras son un medio para poder pertenecer a un determinado grupo social.". Los papás deben preocuparse cuando las mentiras son frecuentes, especialmente cuando son de tipo utilitario, pues en grados avanzados pueden ir acompañadas de agresividad y de otras conductas como el hurto o la piromanía", dice Álvaro Franco, psiquiatra infantil y de adolescentes.

Antes de que sea tarde.

"No es fácil que los mitómanos reconozcan su condición, pero una vez se da ese paso es posible ayudarles con terapias para descubrir lo que les sucede. En algunos casos es necesario que tomen medicamentos", dice la psiquiatra Vicky Carrascal. Son los familiares quienes acuden primero a los médicos en busca de una pista sobre cómo lidiar con la mitomanía de sus allegados. Ellos deben seguir un proceso de reconciliación, pues la confianza se ha roto. Las terapias ayudan a los familiares a volver a creer en la persona y a entender su problema, de manera que puedan convertirse en apoyo durante el proceso de recuperación.P or eso, a quienes viven con un mentiroso compulsivo, algunos expertos les recomiendan confrontarlo y cerrarle el paso para evitar que esa mitomanía crezca como una bola de nieve. "Creo que, en el fondo, el mitómano siempre se da cuenta de la cháchara que está echando. Aquello de que se cree sus mentiras no es cierto. Las personas siempre saben que tienen un problema y que necesitan ayuda. Es su decisión recibirla o no", dice Gutiérrez.

El ejemplo empieza por casa.

La mitomanía no es una enfermedad hereditaria, pero sí se puede aprender. Se debe diferenciar la mentira de la fabulación. De 5 a 6 años, inventan historias pero no diferencian entre verdades y mentiras. Luego, son conscientes de que mienten, y ahí entran en juego diferentes tipos de mentira. La primera es aquella ligada a la fantasía, por ejemplo, cuando dicen que hay monstruos en el cuarto. Esto es una parte normal del desarrollo.

El segundo grupo de mentiras se llaman compensatorias. Representan un problema emocional, una carencia afectiva. Las usa un niño al que le falta algo y lo compensa con mentiras, por ejemplo al que le falta el papá inventa que fue con él al parque.

El tercer grupo son las utilitarias, aquellas que buscan una utilidad. Se pueden dividir en dos: una en la que el niño miente para evitar un castigo; y la segunda en la que el niño miente como una forma de no asumir sus responsabilidades echándoles la culpa a otros.

Para evitar que un niño aprenda a decir mentiras sus padres deben inculcarle valores, responsabilidad e integridad. Debe vivir en un hogar donde reine la honestidad y el buen ejemplo, porque de nada sirve enseñarles a no mentir si es lo que los padres hacen a diario.

Por ello es importante que si usted trata con este tipo de personas, que tienen una edad cronológica adulta pero con una mentalidad infantil (lo cual en ciertos ambientes es muy habitual), tenga en cuenta que se puede ver implicado (ser víctima potencial) en una serie de sucesos nada deseados ni para usted ni para terceros.

Pudiéndose incluso darse situaciones en las cuales usted y el mitómano terminen involucrados en procesos civiles o administrativos o penales (porque levantar calumnias o falsos testimonios o comentar hechos de la vida privada de terceros, es un delito, que aparte de implicar costos de abogados, requiere gasto de tiempo en los estrados judiciales). Cuando usted le sigue la corriente a este tipo de personas lo que provoca es hacerle crónica la patología al mitómano, y usted de paso terminará mintiendo también.

En conclusión aprenderá las malas mañas de los demás. Por eso usted puede tomar como medida preventiva, cuando trate con este tipo de personas y estas inicien un comentario inapropiado o despectivo hacia los demás, lo que debe sugerirle es que conecte la lengua con el cerebro; otra segunda estrategia es cambiar el tema, pero antes manifestándole que a usted no le gustan esas situaciones, que además son bochornosas a futuro, y para finalizar recomiéndele un buen psiquiatra.



Una familia en Conflicto.


Podemos denominar a una familia en conflicto cuando esta se encuentra sin dirección y sin identidad y sus integrantes están enfocados en si mismos y en sus intereses "NO EN EL BIENESTAR DE LA FAMILIA".


En una familia en conflicto los roles, los valores y los objetivos se pierden y se hacen confusos en la medida que el conflicto permanece. Llega un momento en que es tan agoviante la situacion en el hogar los problemas, crisis y momentos desagradables en la familia que generan en al menos uno de los miembros de la familia la necesidad de redefinir el deseo de un nuevo sistema de relaciones entre sus integrantes y por su puesto un cambio.


El cambio definirá nuevas formas de comportamiento en los miembros de la familia, sin olvidar que todo aquello que implica un cambio permite crecer y aprender de nosotros y de quienes nos rodean. Por lo tanto, los conflictos familiares son avances y crecimientos, que se experimentan en todo grupo humano.


Siempre hay que mantenerse alerta a los problemas, y situaciones que estresen, para comenzar a trabajar en la superación y la solución de los mismos. Hay situaciones que se mencionan a menudo como crisis: la separación de los padres, la pérdida de un miembro de la familia (duelo), la etapa de la adolescencia en los hijos, infidelidad conyugal, pérdida del trabajo, etc. Hay que tener en cuenta que lo que puede ser motivo de conflicto en un hogar, en otro puede no serlo. Depende de la familia y de los recursos (hábitos, pautas de conducta, reglas, etc.). Además, siempre existen obstáculos que van a interferir en el cambio. En general, estos están encubiertos y una manera de identificarlos objetivamente es con ayuda de un terapeuta familiar.

Los obstáculos, aparecen en las reglas de la familia, en las metas y objetivos de la familia, en la definición de los roles de cada miembro, en la comunicación, en la historia familiar y en la intimidad de cada uno. Entonces, se deberá investigar la raíz del conflicto, para comenzar con pautas puntuales de intervención en el ambiente familiar. Es fundamental que cada integrante colabore y tenga confianza que entre todos pueden superar el problema. La actitud positiva y abierta ayuda a mantener la opción de una solución sanativa. Quienes necesitan de un trato delicado y cuidadoso son los niños, por ser los más vulnerables debido a que su estructura mental, emocional y física, se encuentra en formación. Por ello, es común encontrar en los niños problemas de autoestima, depresiones, inadaptación social, problemas académicos evidenciados tras un conflicto familiar.


La vida en familia es un medio educativo para todos, en la cual debemos dedicar tiempo y esfuerzo. La familia, es nuestra fuente de socialización primaria. Por ello, es la instancia que moldea pautas de conducta y actitudes de quienes son sus integrantes. No es menos cierto que los conflictos no se pueden evitar en la mayoría de las situaciones. Pero, debemos estar preparados para afrontarlos. Al igual como nos alimentamos balanceadamente para mantener nuestro organismo alejado de posibles enfermedades. Lo mismo acontece con los conflictos. Una familia nutrida, será portadora de anticuerpos capaces de hacerle frente a cualquier dificultad y le será más fácil poder salir airosa.


Consideraciones que usted debe tener para consolidar una familia nutrida:

  1. La casa en la que vive la familia es fundamental. La limpieza, el orden y el mantenimiento son tareas importantes que se pueden realizar en común acuerdo y designación de tareas, procurando que estas no ahoguen las relaciones entre los miembros dedicándose férreamente a estas.

  2. No olvidar expresar las opiniones y dejar que los hijos también se expresen.

  3. Ser coherente, para que nuestro actuar y pensar se complementen.

  4. Ser paciente, ayuda a la tolerancia y el respeto por los demás.

  5. Demostrar nuestro cariño por los demás con nuestra actitud.

  6. Alabar cuando algún miembro de la familia se destaque.

  7. Acostumbrarse, a pedir perdón por los errores.

  8. Mantener conversaciones familiares y tiempo de convivencia sistemática.

  9. Escuchar siempre con atención.

  10. Crear situaciones de diversión familiar.

  11. Mantener valores y reglas claras que no lleven a confusiones, y sean respetadas por todos.



¿QUÉ HACER?


En todas las familias es frecuente que se vivan problemas o dificultades; esto hasta cierto punto es normal, lo importante es cómo se enfrentan y resuelven. Las dificultades pueden ayudar a aclarar malos entendidos, a reconocer errores y fortalecer los lazos afectivos y de comunicación entre los integrantes de una familia. Cada grupo familiar se adapta a las circunstancias que le toca vivir, dependiendo de la personalidad de sus miembros, la época en que se viva, sus valores, su propia historia. Por ejemplo, el nacimiento de un nuevo integrante; el primo que se queda un tiempo; la muerte de alguno de ellos, etcétera.


Los integrantes de una familia reaccionamos de diferentes formas frente a las dificultades. A algunos nos pueden dar ganas de gritar, a otros de hablar; también podemos hacer como que no pasa nada o evitar hablar de lo que sucede. Cuando no se resuelven las dificultades familiares, se puede ocasionar un ambiente de tensión, enojo o violencia, que afecte el estado de ánimo de sus miembros. Esto puede llevarlos a buscar sus propias soluciones, que muchas veces pueden exponerlos a diversos riesgos. Por eso es tan necesario buscar ayuda y posibles salidas a los problemas.


Puede suceder que frente a las dificultades familiares, a veces no sepamos qué hacer y esto nos cause mucho enojo, frustración o impotencia. También llegamos a sentir que no podemos cambiar a los demás, que no nos escuchan. ¿Cómo enfrentar estas situaciones? ¿Qué opciones tenemos? ¿Cómo saber cuándo tenemos la razón y cuándo no? ¿Cuándo nos conviene ceder y cuándo no? ¿Cómo distinguir si es responsabilidad de nosotros o de la otra persona?¿Recuerdas alguna dificultad familiar? ¿Con quién fue?¿Por qué fue?¿Qué sentiste?¿Se llegó a alguna solución? (SI) ¿Quién y qué facilitó la solución? (No) ¿Qué obstáculos impidieron llegar a una solución? Ahora que ya pasó el tiempo, ¿crees que esa dificultad hubiera tenido otras alternativas de solución? Sí…No… ¿Cuáles? Si volvieras a vivir esta dificultad, ¿qué cambiarías de tu actitud? Trata de ilustrarlo dibujándolo en una hoja de papel en blanco. Aprender a manejar los conflictos no es una tarea fácil, se necesita más que buena voluntad para hacerlo, se necesita identificar, analizar, no enjuiciar, compromiso, disposición, acción, confianza, fe.


A veces podemos adoptar una actitud de quejarnos siempre ante las dificultades familiares, pero ¿qué ganamos con eso? También podemos tener una actitud de rechazo, de huida o tener la fantasía de que, si ignoramos los problemas desaparecerán por arte de magia, pero en la realidad esto no es así. Otra reacción que podemos tener es culpar a los demás de todo lo que nos pasa, y darle la vuelta al problema. Y si piensas que tener situaciones difíciles es mala suerte o una manera de vivir, posiblemente te estás perdiendo de algo importante: la oportunidad de un cambio en tu actitud y de un crecimiento como persona.


Una posibilidad de resolver las dificultades es enfrentándolas. Reconocer y aceptar que se tiene una situación difícil y analizar quiénes participan en ella, cómo surgió, por qué, dónde, sus causas y consecuencias, puede ayudar a bajar la tensión, y a buscar otras soluciones. También ayuda a identificar lo que se está sintiendo, es decir, las emociones; asumir la responsabilidad y pensar cuál es la parte que nos corresponde; revisar la experiencia y reflexionar lo que se aprende de uno y de los demás.


Todo lo anterior puede facilitarnos la comprensión de las dificultades que tenemos y así dar alternativas más seguras. La solución a los problemas no siempre es sencilla, pero cada una o uno de nosotros tenemos la oportunidad de intentarlo, poco a poco podemos lograr resultados. Es un esfuerzo que vale la pena. ¿Qué medida crees que podría favorecer la solución de dificultades dentro de tu familia? Una situación familiar difícil una vez resuelta, puede fortalecer y unir a todos sus miembros y ser una buena ocasión para aprender de todos. Dentro de una familia somos importantes y cumplimos un papel simplemente por ser parte de ella. Iniciar nosotros un cambio para facilitar la solución a alguna dificultad es una responsabilidad. Los cambios más importantes son los que nosotros elegimos, en los cuales participamos activamente, no necesariamente los que nos dicen. Los cambios no se logran de una vez y para siempre; entender a nuestros padres, hermanos(as), abuelos, tíos(as), no se hace de un momento a otro. Se necesita paciencia y voluntad.


Cuando los celos se vuelven enfermedad


Los celos son la expresión del amor para algunos, y el primer indicador de problemas en la relación de pareja para otros.

La celotipia se basa en los celos compulsivos, que se definen como aquellos celos que pueden llegar a causar problemas psicóticos y delirios. Es una enfermedad en la que la persona no se reconoce como enfermo.
Justificar a ambos lados
Los celos son considerados como un sentimiento normal si se presentan con intensidad limitada y de forma ocasional; son parte del desarrollo emocional de los seres humanos. Normalmente se dan cuando la persona siente inseguridad o es inmadura, y suelen presentarse más en la adolescencia y los primeros años de la juventud.

Los celos nunca desaparecen de nuestra vida, ya que pueden surgir en cualquier momento como parte de nuestra naturaleza, aunque de forma moderada, sin afectar el equilibrio mental ni el contacto con la realidad.

Los celos producen un estado ansioso y de inseguridad ante el temor de perder el afecto o la atención de seres queridos. Suelen ser transitorios y de menor intensidad en la medida en que se alcanza mayor madurez en la personalidad.

Pero, ¿cómo saber si padezco celotipia?

La celotipia se presenta como un delirio, es decir, una psicopatología que tiene como eje una idea falsa, sin ningún argumento lógico o prueba de realidad que lo demuestre.

El individuo desarrolla sentimientos de celos tan intensos que son el epicentro de su vida, de su forma de actuar y pensar.

Las personas que padecen celotipia suelen discutir con su pareja al intentar comprobar la infidelidad imaginada, pueden incurrir en acciones como coartar la libertad de movimiento de la otra persona, seguirla, agredirla o investigar al supuesto amante.

Su sintomatología debe durar por lo menos un mes para diagnosticarla como celotipia y, aunque suele ser un trastorno crónico, sobre todo en el tipo persecutorio, a menudo se producen oscilaciones en la intensidad de las creencias delirantes, por lo que su curso es variable.

El enfermo de celos es especialista en montar escenas como no hay otro. Con sus actuaciones se perjudica a sí mismo, y hace sufrir terriblemente a la otra persona, víctima de sus celos. Veamos por ejemplo algunas de esas escenas protagonizadas por pacientes con celotipia.

Escena 1.

Catalina es una mujer joven que narra su problema de celos: todas las noches yo esperaba a que él se acostara, y cuando no se daba cuenta yo registraba uno por uno todos los bolsillos de su ropa, registraba su billetera, portadocumentos, hasta los paquetes que traía con alguna compra. Si yo encontraba un nuevo bolígrafo, una pluma estilográfica para mí desconocida, una tarjeta de visita con el nombre de una mujer, un nombre raro escrito en su agenda, en fin, cualquier cosa, yo montaba en cólera y no podía evitar la escena de celos. A veces me reprimía y no lo exteriorizaba para no despertarle o no mostrarme en forma llamativa, pero por dentro yo ardía. Cualquier cosa que yo encontraba en esos registros servía para convencerme de que mi marido me había engañado y traicionado con otra mujer. No lo podía evitar. Si a la mañana siguiente él, antes de salir de casa se portaba muy amable y cariñoso conmigo, yo estaba convencida de que el muy traidor lo hacía para engañarme y disimular, y de que ya partía a encontrarse con la otra.

Escena 2.

Elena, sin embargo, es víctima de un marido celoso: Continuamente me pide que le jure que le amo, y me exige que le cuente con lujo de detalles, una y otra vez, qué es lo que pasó en alguna de mis relaciones juveniles, antes de que él apareciera en mi historia. Y por más que le juro que no hay nadie más que él; que una vez que él entró en mi vida nunca más he mirado para otro lado, eso no sirve para nada. Cualquier cosa le hace suponer que me he encontrado con alguno de mis antiguos novios o amigos de juventud. Por culpa de él ya no tengo amigos, y he terminado hasta con mis amigas más queridas de colegio y universidad. Si vamos juntos por la calle, y me saluda muy amable alguno de mis colegas de trabajo, eso arruina nuestro día: ya no se le va de la mente que ese saludo obedece a no sé qué macabro plan entre nosotros, y que somos cómplices de la peor de las traiciones contra él. La vida se me ha hecho insoportable, y estoy dispuesta a separarme si es que en un plazo prudencial esto no tiene remedio.

Personalidad del celoso.

La celopatía, enfermedad de celos, tiene su origen en la misma personalidad del celoso; algo hay en esa personalidad que no funciona bien. La celotipia, pasión de celos, es una pesadilla malsana para el que la sufre (víctima), y para el que la vive (protagonista).

En toda enfermedad de celos se produce una especie de paranoia (Alain Krotenberg, 2001). El paranoico es una persona que por definición jamás se equivoca (según él), pues su percepción distorsionada de las cosas se las hace percibir así, deformadas, y nada ni nadie podrá convencerle de lo contrario. Esa percepción consiste en una fijación de determinadas ideas o de un orden de ideas, que quedan como ancladas en lo profundo de su personalidad, y nada las remueve de ahí. Todo lo que el sujeto perciba pasará por el filtro de esa curiosa fijación cognitiva, y quedará coloreado de sus distorsiones peculiares. Si él/ella está persuadido de que su pareja le quiere engañar, no habrá modo de convencerle de lo contrario: todo lo que suceda lo interpretará de forma que se convenza más y más de que está en lo cierto, y de que su sospecha de infidelidad se confirma a cada momento. Para el celopático todo sirve de prueba que pone en evidencia el engaño de que es víctima.

Parece que sólo hay un modo de que el celoso deje de serlo: cuando su sufrimiento ya es demasiado grande y no lo puede soportar. Es entonces cuando posiblemente acudirá en busca de ayuda. Porque las personas enfermas de celos necesitan ayuda. Es muy difícil que una pareja, donde una de las partes se siente acosada por los ataques de celos, pueda salir por sí misma de esa situación. La vida entre esas personas se hace a tal punto insoportable que o bien terminarán la relación, o bien han de someterse a terapia para poder hacer frente al problema. Si la víctima de los celos cede a las exigencias del celoso, la situación empeora, pues las obsesiones de este son inagotables, se suceden una tras otra, y cada vez será más intransigente en sus exigencias. Así, si la víctima ha cedido, y deja de salir a tal lugar, o ya no llama a nadie por teléfono o no recibe llamadas, o deja de vestir tal ropa, esto, lejos de tranquilizar al celoso, le hace más paranoico todavía: ahora tendrá celos hasta de lo que el otro está pensando. Ceder a las exigencias del celoso es caer en una espiral que no termina nunca.

¿Qué se esconde detrás de esta mentalidad del celoso, detrás de sus pensamientos obsesivos? Dependencia afectiva y falta de autonomía. En el fondo de sí mismo, el celoso esconde una personalidad débil, dependiente, insegura, carente de autonomía. Es un pequeño niño que no soporta la idea del abandono, la idea de que le dejen solo. Y su autoestima es tan baja que siente (quizá en forma inconsciente) que cualquier otra persona le puede arrebatar su tesoro, pues cualquier rival vale más que él/ella. Todas las personas que aparezcan en su entorno, y que reúnan ciertas características (edad, valía personal, etc.), se le antojarán al celoso como candidatos a la rivalidad por el mismo trofeo. Piensa que los demás son ladrones en potencia que vienen a él con las pérfidas intenciones de robarle su amor. Esa misma inseguridad hace que el celoso se agarre al objeto de su amor con dientes y muelas, como un niño en edad de transición se agarra a su osito peluche y no lo suelta ni para dormir.

Por eso el celoso es una persona muy posesiva, que quiere disponer de su pareja como si fuera objeto – cosa de su propiedad privada; no quiere que se le escape, lo tiene siempre a la vista, y lo vigila como si se tratara de una mascota enjaulada. Hay ahí una dependencia afectiva muy profunda: el celoso no se imagina solo; necesita del otro para vivir, y de tal manera esta necesidad se le hace aguda que la idea del abandono o de verse en soledad llega a convertirse para él en una pesadilla obsesiva que no le deja vivir. ¿Y por qué teme que pueda alguien arrebatarle su amor? Por su propia inseguridad, porque se valora poco, porque es bajo su nivel de autoestima. Una persona que creyera en sí misma y en su propio valer no tendría estos problemas; pero el celoso teme que pueda aparecer cualquier rival porque se considera a sí mismo como alguien que no está a la altura de las circunstancias, a la altura de lo que la persona amada merece, y por eso teme que pueda aparecer otro con más méritos y se posesione de su propiedad privada.

Por eso la terapia para el celoso consiste en ayudarle a que recupere su dignidad, que eleve su autoestima, y confíe en sí mismo y en la persona amada. Su mismo sufrimiento le ha servido para aprender algo muy importante: que de nada sirve mantener una relación a presión, de manera tan forzada y violenta (los celos son siempre un modo de violencia), y que el amor es hijo de la libertad. Nadie puede amar por exigencia de presiones, ni por decreto. La terapia del celoso consiste en ayudarle a que viva la experiencia de que no se puede tener confianza en el otro si primero no existe la confianza en sí mismo.

Hombres – mujeres. ¿Quién es más celoso?

Los estudios que se han realizado en este terreno prueban que el de los celos es un sentimiento que existe por igual tanto en hombres como en mujeres. Si hay algún cambio, este se produciría más en la forma de manifestarse en uno y otro sexo, que en la frecuencia e intensidad misma de los celos. Efectivamente, por lo que hasta ahora sabemos, se puede afirmar que la forma de reaccionar en el caso de celos, es en general distinta en hombres y en mujeres. En forma que puede parecer un poco simplista, podríamos afirmar que al ser atacados por los celos, los hombres se enfadan (actitudes agresivas), las mujeres se deprimen (Malach 2002). En las mujeres, los celos se suelen manifestar mediante un comportamiento histérico y depresivo (amenazas de suicidio), mientras que los hombres reaccionan a través de síntomas paranoicos y obsesivos, lo cual hace que en ellos sea más difícil la cura que en las mujeres.





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